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Y todavía algunas damas de París, ocupadas en buscar un alojamiento, envidiaban tanta fortuna. Los amigos que encontró en la muchedumbre fugitiva pensaban en su propia suerte. Una discípula de sus tiempos de gloria, que guardaba la antigua elegancia en su uniforme de enfermera, le dió vagos informes.

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se acordaba de haber oído á alguien que vivía cerca. podía hablar largamente con muchos de ellos sobre la decadencia de francia. todos esperaban de un momento á otro la noticia de la entrada del kaiser en la capital. hombres graves que no habían hecho nada en toda su vida criticaban los defectos y descuidos de la república. jóvenes cuya distinción entusiasmaba á doña elena prorrumpían en apóstrofes contra las corrupciones de parís, corrupciones que habían estudiado á fondo velando hasta la salida del sol en las virtuosas escuelas de montmartre.
aplicaban á los sucesos un criterio de plaza de toros. los alemanes eran los que pegaban más fuerte. sus averiguaciones le hicieron saber que la hija vivía en pau. era enfermera y cuidaba á un herido de su familia. sus visitas á los hospitales resultaron inútiles. todos los días llegaba el tren con un nuevo cargamento de carne destrozada, pero el hermano no estaba entre los heridos. una religiosa, creyendo que iba en busca de alguien de su familia, se apiadó de él, ayudándole con sus indicaciones. debía ir á lourdes: eran allí muy numerosos los heridos y las enfermeras laicas. y desnoyers hizo inmediatamente el corto trayecto entre pau y lourdes. nunca había visitado la santa población cuyo nombre repetía su madre frecuentemente. en las discusiones con su hermana y otras damas extranjeras que pedían el exterminio de francia por su impiedad, la buena señora resumía su opinión siempre con las mismas palabras: «cuando la virgen quiso aparecerse en nuestros tiempos, escogió á francia. cuando yo vea que se aparece en berlín, hablaremos otra vez. apenas se hubo instalado en su hotel, junto al río, corrió á la gran hospedería convertida en hospital. los guardianes le dijeron que hasta la tarde no podría hablar con el director.
para entretener su impaciencia paseó por la calle que conduce á la basílica, toda de barracones y tiendas con estampas y recuerdos piadosos, que hacen de ella un largo bazar. aquí y en los jardines inmediatos á la iglesia sólo vió heridos convalecientes que guardaban en sus uniformes las huellas del combate. los capotes estaban sucios á pesar de los repetidos cepillamientos. algunos heridos les arrancaban las mangas, para evitar un roce cruel á sus brazos destrozados.
otros ostentaban todavía en los pantalones las rasgaduras de los cascos de obús. eran combatientes de todas armas y de diversas razas: infantes, jinetes, artilleros; soldados de la metrópoli y de las colonias; campesinos franceses y tiradores africanos; cabezas rubias, rostros de palidez mahometana y caras negras de senegaleses, con ojos de fuego y belfos azulados, unos mostrando el aire bonachón y la sedentaria obesidad del burgués convertido repentinamente en guerrero; otros, enjutos, nerviosos, de perfil agresivo, como hombres nacidos para la pelea y ejercitados en campañas exóticas. la ciudad visitada á impulsos de la esperanza por los enfermos del catolicismo se veía invadida ahora por una muchedumbre no menos dolorosa, pero vestida de carnavalescos colores. habían visto la muerte de muy cerca, escurriéndose entre sus garras huesosas, y encontraban un nuevo sabor á la alegría de vivir. con sus capotes adornados de condecoraciones, sus teatrales alquiceles, sus kepis y sus gorros africanos, esta muchedumbre heroica ofrecía sin embargo un aspecto lamentable.
muy pocos conservaban en ella la noble vertical, orgullo de la superioridad humana. otros se dejaban empujar tendidos en los carritos que habían servido muchas veces para conducir los enfermos piadosos desde la estación á la gruta de la virgen. los primeros choques en bélgica y en el este, media docena de batallas, habían bastado para producir estas ruinas físicas, en las que aparecía la belleza varonil con los más horribles ultrajes. estos organismos que se empeñaban tenazmente en subsistir, paseando bajo el sol sus renacientes energías, sólo representaban una exigua parte de la gran siega de la muerte. detrás de ellos quedaban miles y miles de camaradas gimiendo en los lechos de los hospitales y que tal vez no se levantarían nunca. millares y millares estaban ocultos para siempre en las entrañas de una tierra mojada por su baba agónica, tierra fatal que al recibir una lluvia de proyectiles devolvía como cosecha matorrales de cruces. la guerra se mostró á los ojos de desnoyers con toda su cruel fealdad. había hablado de ella hasta entonces como hablamos de la muerte en plena salud, sabiendo que existe y que es horrible, pero viéndola tan lejos. las explosiones de los obuses acompañaban su brutalidad destructora con una burla feroz, desfigurando grotescamente el cuerpo humano. vió heridos que empezaban á recobrar su fuerza vital y sólo eran esbozos de hombres, espantosas caricaturas, andrajos humanos salvados de la tumba por las audacias de la ciencia: troncos con cabeza que se arrastraban por el suelo sobre un zócalo de ruedas, cráneos incompletos cuyo cerebro latía bajo una cubierta artificial, seres sin brazos y sin piernas que descansaban en el fondo de un carretoncillo como bocetos escultóricos ó piezas de disección, caras sin nariz que mostraban, lo mismo que las calaveras, la negra cavidad de sus fosas nasales.
y estos medio hombres hablaban, fumaban, reían, satisfechos de ver el cielo, de sentir la caricia del sol, de haber vuelto á la existencia, animados por la soberana voluntad de vivir, que olvida confiada la miseria presente en espera de algo mejor. ¡si los que provocan la guerra desde los gabinetes diplomáticos ó las mesas de un estado mayor pudiesen contemplarla, no en los campos de batalla, con el entusiasmo que perturba los sentidos, sino en frío, tal como se aprecia en hospitales y cementerios por los restos que deja tras de su paso!.
el joven vió en su imaginación el globo terráqueo como un buque enorme que navegaba por la inmensidad. sus tripulantes, los pobres humanos, llevaban siglos y siglos exterminándose sobre la cubierta. ni siquiera sabían lo que existía debajo de sus pies, en las profundidades de la nave. ocupar la mayor superficie á la luz del sol era el deseo de cada grupo. hombres tenidos por superiores empujaban estas masas al exterminio, para escalar el último puente y empuñar el timón, dando al buque un rumbo determinado. y todos los que sentían estas ambiciones por el mando absoluto sabían lo mismo. periódicamente, una mitad de ella chocaba con la otra mitad; se mataban por esclavizarse en la cubierta movediza, flotante sobre el abismo; pugnaban por echarse unos á otros fuera del buque; la estela de la nave se cubría de cadáveres. y de la muchedumbre en completa demencia todavía surgían lóbregos sofistas para declarar que este era el estado perfecto, que así debían seguir todos eternamente, y que era un mal ensueño desear que los tripulantes se mirasen como hermanos que siguen un destino común y ven en torno de ellos las asechanzas de un misterio agresivo. eran musulmanes, tiradores de argelia y de marruecos. estaban en lourdes como podían estar en otra parte, atentos únicamente á los obsequios de la gente civil, que los seguía con patriótica ternura.
su única preocupación era pedir cigarros y dulces. su mayor placer era que las damas les diesen la mano. y no contentos con la mano, sus garras obscuras se aventuraban á lo largo del brazo, mientras las señoras reían de esta adoración trémula. otros avanzaban entre el gentío ofreciendo su diestra á todas las mujeres.» y se alejaban satisfechos luego de recibir el apretón. vagó mucho tiempo desnoyers por los alrededores de la basílica. al amparo de los árboles se formaban en hileras las carretillas ocupadas por los heridos. oficiales y soldados permanecían largas horas en la sombra azul viendo cómo pasaban otros camaradas que podían valerse de sus piernas. la santa gruta resplandecía con el llamear de centenares de cirios. la muchedumbre devota, arrodillada al aire libre, fijaba sus ojos suplicantes en las sagradas piedras, mientras su pensamiento volaba, lejos, á los campos de batalla, con la confianza en la divinidad que acompaña á toda inquietud. de la masa arrodillada surgían soldados con vendajes en la cabeza, el kepis en una mano y los ojos lacrimosos. por la doble escalinata de la basílica subían y descendían mujeres vestidas de blanco, con un temblor de tocas que les daba de lejos el aspecto de palomas aleteantes.
eran enfermeras, damas de la caridad guiando los pasos de los heridos. desnoyers creyó reconocer á margarita en cada una de ellas. pero la desilusión que seguía á tales descubrimientos le hizo dudar del éxito de su viaje. nunca la encontraría en esta francia agrandada desmesuradamente por la guerra, que había convertido cada población en un hospital.
por la tarde, sus averiguaciones no obtuvieron mejor éxito. estaban preocupados por el anuncio de un nuevo tren sanitario. continuaba la gran batalla cerca de parís. tenían que improvisar alojamientos para la nueva remesa de carne destrozada. su paseo era para entretener el tiempo. pensaba regresar á pau aquella noche: nada le quedaba que hacer en lourdes. sintió de pronto un estremecimiento á lo largo de su espalda: la misma sensación indefinible que le avisaba la presencia de ella cuando se reunían en un jardín de parís.
margarita iba á presentarse de repente como las otras veces, sin que él supiera ciertamente de dónde salía, como si emergiese de la tierra ó descendiese de las nubes. después de pensar esto sonrió con amargura. al volver la cabeza reconoció la falsedad de su esperanza. nadie seguía sus pasos: él era el único que marchaba por el centro de la avenida. en un banco inmediato descansaba un oficial con los ojos vendados. desnoyers iba á seguir adelante; pero un movimiento rápido de la mujer vestida de blanco, un deseo visible de pasar inadvertida, de ocultar la cara volviendo los ojos hacia las plantas, atrajeron su atención. dos rizos asomados al borde de la toca le hicieron adivinar la cabellera oculta; los pies calzados de blanco fueron indicios para reconstituir el cuerpo algo desfigurado por un uniforme sin coquetería. nada quedaba en él de los antiguos afeites, que le daban una belleza pueril de muñeca.
sus ojos parecían reflejar lo existente con nuevas formas en el fondo de unas aureolas obscuras de cansancio. ella mostró inquietud al ver que desnoyers adelantaba un paso. sus ojos, sus manos, todo su cuerpo, parecieron protestar, repelerle en su avance, fijarlo en su inmovilidad. el miedo á que se aproximase la hizo marchar hacia él. dijo unas palabras al militar, que continuó en el banco recibiendo sobre el vendaje de su rostro un rayo de sol que parecía no sentir. luego se levantó, yendo al encuentro de julio, y siguió adelante, indicándole con un gesto que se situase más lejos, donde el herido no pudiera escucharles. detuvo su paso en un sendero lateral. desde allí podía ver al ciego confiado á su custodia. el acento rencoroso, la voz dura con que dijo estas palabras, le sorprendieron, como si procediesen de otra boca. la enfermera lo miró con sus ojos límpidos, agrandados, serenos, unos ojos que parecían libres para siempre de las contracciones de la sorpresa y del miedo. la respuesta se deslizó con la misma limpieza que la mirada. los ojos de julio examinaron con larga duda al militar antes de convencerse. ¡laurier este oficial ciego que permanecía inmóvil en el banco como un símbolo de dolor heroico!.
estaba aviejado, con la tez curtida y de un color de bronce surcada de grietas que convergían como rayos en torno de todas las aberturas de su rostro. los cabellos empezaban á blanquear en las sienes y en la barba que cubría ahora sus mejillas. al mismo tiempo parecía más joven, con una juventud que irradiaba vigorosa de su interior, con la fuerza de un alma que ha sufrido las emociones más violentas y no puede ya conocer el miedo, con la satisfacción firme y serena del deber cumplido. se avergonzó al darse cuenta de la aversión que le inspiraba este hombre en plena desgracia y que no podía ver lo que le rodeaba. su odio era una cobardía; pero insistió en él, como si en su interior se hubiese despertado otra alma, una segunda personalidad que le causaba espanto.
¡cómo recordaba los ojos de margarita al alejarse del herido por unos instantes!. conocía todas las gradaciones amorosas de sus párpados, pero su mirada al herido era algo diferente, algo que él no había visto hasta entonces. habló con la furia del enamorado que descubre una infidelidad. me abandonaste para venir en busca de él. ella no se inmutó ante su acento colérico y sus miradas hostiles. luego habló como una madre que aprovecha un paréntesis de sorpresa en el niño irascible para aconsejarle cordura. había recibido la noticia de la herida de laurier cuando ella y su madre se preparaban á salir de parís. no vaciló un instante: su obligación era correr al lado de este hombre. había reflexionado mucho en las últimas semanas. la guerra le había hecho meditar sobre el valor de la vida. sus ojos contemplaban nuevos horizontes; nuestro destino no está en el placer y las satisfacciones egoístas: nos debemos al dolor y al sacrificio. deseaba trabajar por su patria, cargar con una parte del dolor común, servir como las otras mujeres; y estando dispuesta á dar todos sus cuidados á los desconocidos, ¿no era natural que prefiriese á este hombre al que había causado tanto daño?.
vivía aún en su memoria el momento en que le vió llegar á la estación completamente solo entre tantos que tenían el consuelo de unos brazos amantes al partir en busca de la muerte. de sus varias heridas, la única grave era la del rostro. pero ella dudaba; era casi seguro que laurier quedaría ciego. la voz de margarita temblaba al decir esto, como si fuese á llorar; pero sus ojos permanecieron secos.
no sentían la irresistible necesidad de las lágrimas. el llanto era ahora algo superfluo, como otras muchas cosas de los tiempos de paz. ella le había tratado de usted hasta este momento, por miedo á ser oída y por mantenerle á distancia, como si hablase con un amigo. pero la tristeza de su amante acabó con su frialdad. la sencillez con que dijo esto y su repentino tuteo infundieron confianza á desnoyers.
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